El mundo que nos ha tocado

Vivimos una cruda falsedad creyendo, como planteara Emund Burke y tanta gente repite sin analizarlo a fondo, que bastaría con que los buenos no hagan nada para que los malos, los perversos, se salgan con la suya. No he citado el dicho entre comillas a propósito, porque hacerlo equivaldría a aceptar lo que precisamente la realidad desmonta.

Lo cierto es que este mundo no es de aquellos que tratan de ceñirse a las reglas y las normas que la sociedad se traza para organizar la vida en comunidad y lograr de esta forma que las leyes se cumplan y se pueda coexistir con un nivel mínimo de respeto a los derechos que a todos nos corresponden, por el simple hecho, si se quiere, de haber nacidos.

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Fernández dos décadas atrás

En octubre del 2002, puse en circulación el libro El mundo que quedó atrás en la Universidad Iberoamericana (UNIBE). El primero de mis invitados en llegar fue el expresidente Leonel Fernández, acompañado solo de su fiel y omnipresente guardaespaldas de apellido Crispín. Miré el reloj y comprobé que faltaban veinte minutos para las seis, la hora fijada para la actividad. Conversamos un rato de cosas intranscendentes y me excusé diciéndole que tenía que ocuparme de otros invitados que comenzaban a llegar. “Descuide profesor”, me dijo y se colocó en una esquina del salón, rodeado de soledad.

Fernández tenía dos años y casi dos meses fuera del poder y su imagen política estaba muy deteriorada, con acusaciones de corrupción. Muchos de sus adversarios le daban por acabado políticamente. Yo creía entonces lo contrario porque entendía que sus errores habían sido el fruto de su inexperiencia y de las malas compañías y que otra oportunidad le permitiría reivindicarse. No éramos propiamente lo que se llama amigos y la relación era relativamente reciente, pero sí teníamos una curiosa admiración mutua que la campaña del 1996 puso al descubierto. Él me había nombrado su vocero con rango de secretario de Estado pero yo le renuncié 28 días después de su juramentación.

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Cuando de excesos se trata

Los excesos de la prensa suelen ser muchas veces, en determinadas circunstancias, tan o más perniciosos para la libertad que los de un gobierno. Y sus muestras de arrogancia compiten con la prepotencia que ella le atribuye a sectores oficiales y políticos no siempre en ejercicio de funciones públicas, envanecidos con la ilusión de un poder que a la postre resulta tan efímero como la vida misma.

Tengo años advirtiendo sin éxito del peligro que para la existencia de la prensa independiente tienen algunas muestras del peor periodismo que se da en algunas estaciones de radio y televisión, con gente de escasa preparación, y con otras con muy alta educación académica, lo cual es más penoso todavía. Gente convencida de que la obscenidad es la mejor manera de llegar al público y alcanzar notoriedad en los medios; que no escatima palabras para ofender a terceros y hacer acusaciones de toda índole, sin posibilidades de probarlas. Espacios cedidos por dueños de medios a quienes se creen creadores de presidentes y a otras furiosas voces, para los cuales no hay límites de ninguna especie. Propietarios ignorantes de que la ley les hace también responsables de esos excesos.

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El nuevo estado de emergencia

La justificación que el gobierno ha dado a la extensión del estado de emergencia por otros 45 días aprobada por un Congreso dócil a las directrices del Palacio Nacional es inexplicable. Por un lado se nos habla del éxito en la lucha contra el covid-19 con estadísticas que muestran baja tasa de letalidad y moderada positividad y, por el otro, se restringe la actividad en el país bajo la presunción de un brote del virus en octubre.

El pretexto es asombroso porque supone el don de leer el futuro, a despecho de la notable incapacidad para prever la peste porcina africana, las alzas de precios y las causas que hoy nos retornan a los días lejanos de largos y frecuentes apagones.

Salvo la presunción de un rebrote, que cuestionaría seriamente los logros atribuidos a la campaña de vacunación y a la enorme inversión realizada para conjurar los efectos de la pandemia, no hay nada que justifique mantener al país en estado de excepción que no sea el de mantener un control de la vida del país imposible de alcanzar en circunstancias normales.

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Los objetivos de una reforma

A propósito del diálogo convocado por el presidente Luis Abinader, cabe señalar que si alguna prioridad tenemos es la de proponernos metas como nación y lograr un programa de acción que defina lo que queremos ser y cómo deseamos vernos en el futuro. Obviamente, tan grande esfuerzo no corresponde a una sola administración, ni mucho menos a una fuerza política. Se trata de un ejercicio de conjugación de voluntades, por encima de toda confrontación o prejuicio partidista o de cualquiera otra naturaleza.

Si las diferencias nos siguen distanciando en la búsqueda de ese objetivo común inaplazable, las posibilidades de un futuro promisorio serán escasas. En sociedades democráticas las disparidades de criterio, enriquecen el debate y ayudan a encontrar senderos seguros hacia el desarrollo y el fortalecimiento institucional.

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El fatídico culto a la personalidad

Si llegaran a preguntarme qué medidas fuera del ámbito económico esperaría de una administración empeñada en arreglar las cosas, reclamaría de inmediato un decreto prohibiendo “el elogio a la figura presidencial”. Sería un primer paso a la eliminación del culto de la personalidad, tan dañina en nuestra historia, y que en los últimos años se incrementó reviviendo en la memoria de generaciones las terribles consecuencias de esa odiosa práctica en la vida nacional.

Esa medida conllevaría necesariamente otras prohibiciones, como las ridículas normas protocolares de trasladar sin importar distancia a todos los actos públicos la silla decorada con el escudo nacional donde el Presidente se sienta, para hacerlo ver más alto que los demás, lo que ya no se hace. Se llevaría consigo los vacíos y rigurosos discursos que en toda actividad oficial deben pronunciarse para agradecerle su honrosa y magnánima presencia, con la bendición obligada del obispo o el cura de la parroquia, según el caso. Enviaría a Bienes Nacionales como una reliquia la alfombra roja que se le coloca, creo con el actual en desuso, para resaltar sus pisadas, oficializando la supuesta prohibición del retrato presidencial en cada oficina pública.

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Los mejores entre los grandes

Hace años, la BBC de Londres reunió a expertos para escoger los 20 mejores tenores de todos los tiempos, lo que desató una apasionada controversia. La elección colocó a Plácido Domingo en el primer lugar. Si bien Domingo reúne todas las condiciones para merecer la distinción, no es justo embarcarse en una tarea de esa naturaleza por la sencilla razón de que muchos de los más grandes nunca fueron escuchados por el jurado como Hipólito Lázaro, Giacomo Lauri Volpi, Miguel Fleta, Enrico Caruso.

Tampoco parece correcto mezclar voces líricas ligeras, como las de Luciano Pavarotti, Alfredo Kraus, Tito Schipa y Luigi Alva, con la de tenores spinto y dramáticos como el propio Domingo, Mario Del Mónico, Giovanni Martinelli,Giuseppe Di Stefano y Franco Corelli, o el de heldentenores como Vickers. La selección incluyó al joven peruano Juan Diego Florez, lo que me parece muy prematuro, porque a pesar de su hermoso timbre y extraordinaria extensión, como lírico ligero no es voz adecuada para muchas de las más famosas partituras de los grandes maestros.

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Sobre la libertad de los medios

La distorsión más dañina al periodismo ha sido la creencia de que un medio está obligado a publicar o difundir todo lo que recibe, escriben o plantean sus reporteros y comentaristas. Los promotores de ese periodismo de “vanguardia” y de “compromiso con la verdad” entienden que la negativa del medio en que laboran a aceptar cuanto quiera decirse o escribirse en sus espacios y páginas constituye una violación a la libertad de prensa y una limitación del derecho a la libre expresión. La pretensión carece de base. En una sociedad democrática y plural como la nuestra imponerla lesiona el derecho de propiedad, tan legítimo como las demás libertades básicas.

Ningún medio está obligado a hacerse eco de aquello que considera lesivo o no comulga. Lo que sí erosiona la libertad son aquellas leyes y restricciones que suelen imponer los gobiernos para impedir la publicación de noticias que cuestionen el estado de derecho o las políticas oficiales, lo que no es el caso en la República Dominicana, porque aquí afortunadamente, nos agrade o no aceptarlo, hay tolerancia a una prensa crítica. Y amparado en ese clima democrático, crece una tendencia muy negativa a hacer mal uso de la libertad de expresión, y sabemos que nada hace más daño a la credibilidad del periodismo nacional que esa modalidad sin límite alguno, que a diario vemos y escuchamos.

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