La separación de poderes inexistente

La Constitución consagra la separación de los poderes. Pero ni el Congreso, ni la Suprema Corte de Justicia, tienen aquí facultades reales para vigilar las actuaciones del Ejecutivo.

La tradición ha impuesto también algunas limitaciones a los medios de comunicación en su trato con los poderes fácticos. En aras de una buena y permanente relación con esos poderes, especialmente el presidencial, lo mejor ha sido siempre no hacer demasiadas preguntas. Asuntos tan fundamentales como la salud y la vida personal de los presidentes y de los líderes nacionales, no se tratan en los medios con la libertad y la transparencia con que se hace en otras naciones. Un informe del Departamento de Estado norteamericano señalaba hace ya algún tiempo que los medios, en mi opinión no todos por supuesto, se autocensuran.

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Delitos contra la propiedad pública

La prensa nacional ha estado publicando desde hace tiempo datos desalentadores sobre el hurto de propiedades públicas que no alcanzan a llamar la atención de las autoridades, pero que en cualquier otro país constituirían graves delitos contra la ciudad. Estamos ante un hecho inaudito. De gente que roba alcantarillas y letras de bronce de letreros de oficinas y edificios de apartamentos, para revenderlos probablemente a compañías que los reciclan para suplir la demanda de las víctimas.

Se ha llegado a publicar incluso el robo de luces del puente Juan Bosch y algunos cables eléctricos de la obra. Lo misma llegó a pasar con el alumbrado del Estadio Olímpico. De manera que la capacidad de depredación de algunos dominicanos no tiene límites ni fronteras. Y esta práctica delictiva, por supuesto, no se detiene con los autores materiales de las sustracciones de estos bienes públicos, sino con aquellos que la alientan adquiriendo estos objetos con fines comerciales. Sostenemos enfáticamente y con enfado esta aseveración, porque ni las tapas del alcantarillado ni las luces de los puentes ni las de los estadios se comen ni son sustitutos de alimentos. La gente que hace eso tiene cómplices que adquieren los objetos robados, consciente de lo que está haciendo y ocurre con ello, que la ambición desmedida de unos cuantos conspira contra el bien común al enajenar propiedades públicas y privadas.

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El “periodismo histórico” (3 de 3)

Es evidente, al seguir con el tema de las últimas entregas, que muchos escritores y académicos no comparten mis puntos de vista sobre el valor del testimonio personal en la narración de los hechos de valor histórico. Y así se han encargado de hacérmelo saber.

Sin embargo, me parece absurdo que en la narración de acontecimientos recientes, los estudiosos de un tema menosprecien el valor documental del testimonio personal; las versiones de aquellos que en su momento formaron parte de los hechos y basen su relato sobre la base única de documentos de archivo que pueden ser tan falsos o inexactos como la versión más descabellada de un presunto testigo presencial. El rigor reside en la armonía, en la justa conjugación de todos los recursos de que pueda disponer un autor en relación con el pasado.

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El “periodismo histórico” (2 de 3)

Una información falsa o inexacta puede ser mañana un documento de consulta. Una parte de los papeles encontrados en archivos extranjeros y nacionales sobre los que se han escrito infinidad de libros relativos a episodios de nuestra historia reciente, están llenos de inexactitudes y prejuicios.

En modo alguno pretendo invalidar el uso de este recurso. Pero es injusto rechazar que bajo ciertas circunstancias el testimonio personal tiene tanto o más valor que el documento escrito. Los calificativos de género no le restan importancia ni valor a la investigación. Lo primero que deberíamos establecer es qué persigue un autor al escoger entre los métodos. Habrá quienes escriban para obras de consulta o textos para escuelas y universidades. Son los que llenan sus obras de referencias bibliográficas y citas de otros autores para sustentar opiniones o pasajes de sus propios relatos, sin tomar en cuenta muchas veces la legitimidad de las fuentes en que aquellos basaron sus propios textos.

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El “periodismo histórico” (1 de 3)

Muchos escritores yerran al calificar el tipo de narración que cuenta la historia a través del testimonio de sus protagonistas. Con evidente desdén, encasillan ese estilo de narración con el nombre de “periodismo histórico o historia periodística”. El calificativo encierra un gran prejuicio sobre una manera de contar la historia. La creencia entre muchos de ellos es que los elementos de color en la narración, la parte anecdótica detrás de todo relato histórico le despoja de su rigor académico.

Hay distintas maneras de exponer la historia. Muchos académicos se aferran al método simple de la cronología y han hecho del relato histórico una de las formas más aburridas de la literatura. También hay quienes sostienen que el rigor del relato riñe con la amenidad. Para ellos la única vía para la narración exacta o correcta de los hechos descansa en la reproducción textual de los documentos disponibles en los archivos o las referencias a lo que otros ya antes han relatado o descubierto. Todo lo que no se ciñe a estas reglas por lo tanto no es historia.

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Los valores democráticos

Una democracia requiere de hombres y mujeres capaces de juzgar y decidir con independencia. Bien entendida y conocida a fondo, no propicia ni tolera a través de la educación partidismo alguno, ni la creación de patrones de conducta de indiferencia frente a los valores. Lo primordial es enseñarle al ciudadano a adquirir conciencia de su propia dignidad y del alcance de la libertad, a fin de que conozca con plenitud sus derechos, aprenda a ser tolerante y entienda el valor de su apoyo a un Estado social de derecho.

En cuanto a la religión, la libertad plena presupone el derecho a encontrar el sentido de la vida, por lo que nadie debe ser obligado a aceptar una perspectiva ética o religiosa. La escuela y el sistema de enseñanza no deben forzar a que se crea o acepte a Dios y mucho menos que se abrace una religión determinada.

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La identidad ¿dónde la dejamos?

Cuando hablamos de fortalecer la identidad nacional ¿a qué nos referimos? No es estéril la pregunta. En la escuela aprendí que los símbolos patrios y los próceres forman parte de esa identidad. Luego me di cuenta de que también la forman los productos de nuestros campos y de las industrias; el legado intelectual de sus hombres y mujeres de letras, el folclor, la gastronomía, el paisaje, su arte, sea en la música y las artes plásticas, la arquitectura y sobre todo sus humores, que cambian según la temperatura, tanto la que surge del clima como la de la política.

Me digo con frecuencia que la desidia resultante del diario y quejumbroso quehacer cotidiano destruye la obligación nacional de preservar los elementos que hacen de esa identidad el rostro real de la nación. Una marca país se dice ahora. Me he cansado de observar, por ejemplo, que el más importante de esos símbolos, la bandera, para muchos carece de sentido. Se la irrespeta izando incluso en edificios públicos banderas con distintas tonalidades del azul, una del lado de la otra, en penosa violación de la ley que regula su uso.

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El peligro de las lealtades efímeras

Hace un tiempo escribí que el presidente Luis Abinader debería sopesar el valor de las lealtades efímeras a disposición del dinero público, basado en la experiencia que dejaron a cuantos le antecedieron en el cargo. La inutilidad de servidores pagados se hace evidente en lo que se lee y escucha por la radio y la televisión de expresidentes por parte de aquellos que alguna vez fueron sus serviles seguidores. Dado que se trata de una tradición, podría sucederle también a él cuando concluya su mandato.

Si esas deserciones de lealtad de oportunidad cíclica, se han vistió a semanas de cada cambio de gobierno, imagínense lo que le podría venir después desde ese litoral de apátridas morales, cuyo canto, como todo buen gorrión, depende del volumen de alpiste que se le ponga.

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