“Entre independientes te vea”

La creciente pasión por funcionarios “independientes” como pretendida salida a los problemas nacionales podría alentar la peregrina idea de llevarla a la Presidencia de la República. Y si se lograran los esfuerzos de independientes por tener éxito en la lucha contra la corrupción y los malos hábitos de nuestra práctica política en el gobierno, no habría porqué extrañarse si nos acercáramos al día en que grupos de “independientes” aboguen por la elección de un Presidente independiente. Todo depende, por supuesto, de cómo nos vaya. Si se diera la promesa desde una anhelada “independencia” de ir “con todo y contra todos”, sin importar que hayan sido presidentes, estaríamos sin duda en camino de superar el lastre de la corrupción y la impunidad que la hace posible.

El único problema consiste, y excusen mi incredulidad, en desentrañar la incógnita de qué realmente significa ser “independiente”. En política, la independencia necesariamente no nace de ser extraño a un partido político y la paradoja está fuera de duda. Los lazos de un independiente con grupos o fuerzas también independientes de partidos políticos, no son garantía de independencia y puede ser, por el contrario, el camino más expedito a una trampa de absoluta dependencia.

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Un viejo mito de la política nacional

Contra toda evidencia, la prensa nacional sigue aceptando como un hecho uno de los grandes mitos de la política dominicana: la creencia de que el expresidente Juan Bosch fue el fundador de los dos grandes partidos que se han alternado en el poder desde 1996 a la fecha, el de la Liberación (PLD), y el Revolucionario (PRD). En el caso del segundo, el dato, frecuentemente citado en los medios, no se corresponde con la realidad.

Hay toda una historia de teatralidad en relación con la forma en que Bosch alcanzó la cima del PRD. En su libro “Guerra, traición y exilio”, Nicolás Silfa, integrante de la primera misión enviada por el partido al país tras la muerte de Trujillo, sostiene que Bosch tomó el cargo “por su propia cuenta”, proclamándose presidente “a pesar de que el cargo de mayor jerarquía” era el de secretario general, que ostentaba Ángel Miolán, quien así pasó a la segunda posición. Según Silfa, el ascenso de Bosch al cargo “fue a todas luces irregular”, puesto que no se había realizado asamblea, ni se habían enmendado los estatutos con ese propósito.

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Los desafíos del porvenir (2 de 2)

La indiferencia del Congreso y la apática actitud del gobierno a finales de la administración Fernández sobre las exportaciones, dilataron acciones inaplazables. La indiferencia de los congresistas demostraba, una vez más, lo alejado que ese poder del Estado se encontraba de las urgencias nacionales y la del Ejecutivo fue evidencia palpable del extraño distanciamiento que existía entre la visión de futuro de la retórica y el accionar cotidiano.

La posibilidad de que las exportaciones continuaran congeladas disminuyese o apenas aumentaran era la razón más poderosa para hacer del fomento de nuestro comercio una tarea inaplazable. Hasta la saciedad se ha dicho que ningún país ha logrado alcanzar niveles de crecimiento, prosperidad y desarrollo reales, sin la expansión de su comercio exterior. El nuestro había permanecido prácticamente estancado desde hace años y en términos reales el valor de las exportaciones dominicanas tendía a decrecer, lo cual hacía muy endeble las bases del crecimiento de la economía y sus perspectivas a mediano y largo plazos.

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Los desafíos del porvenir (1 de 2)

Los caminos están marcados por el fenómeno de la globalización que dicta las normas de las relaciones internacionales. Y en el caso nuestro, sólo disponemos de dos senderos. Tomamos el que señala el buen sentido y marcamos el paso con la corriente universal o por el contrario optamos por dejar las cosas como están, que es el tránsito más directo y seguro al aislamiento, con todas las consecuencias. Miramos de frente el futuro o rompemos toda posibilidad de cruzar la frontera que nos separa de él.

Dentro del marco conceptual de la ya consensuada y aprobada por el Congreso, esa agenda no debe resultar difícil de diseñar. Muchos de los retos del futuro están ya a nuestras puertas. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Centroamérica, y el suscrito con la Unión Europea, ofrecen enormes posibilidades de crecimiento y prosperidad, para encarar el problema eléctrico, de cuyas solución depende el éxito de nuestros esfuerzos; la protección del ambiente y los recursos naturales, en proceso de degradación; el servicio de la deuda externa, que compromete buena parte de los ingresos nacionales y, entre otros, por supuesto, el control del gasto público, uno de los males ancestrales de la nación. Se trata de una tarea que el país no puede seguir postergando, so pena de perder toda posibilidad de conquistar el futuro.

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El camino del futuro (2 de 2)

La unanimidad nunca ha sido buena para la democracia. La uniformidad de opinión conduce irremisiblemente a la tiranía y anula la capacidad de un país para enfrentar con imaginación sus problemas más perentorios.

Lo que resulta difícil de asimilar es la dificultad que se observa en el ambiente nacional para lograr acuerdos respecto a asuntos en que los partidos y la sociedad civil muestran coincidencias. Si es tan cuesta arriba alcanzar compromisos alrededor de un proyecto de ley de presupuesto, cuya duración es apenas de un año, es fácil comprender las causas por las cuales este país no puede diseñarse pautas para el futuro.

La necesidad de un proyecto de nación, del que habla todo el mundo, no parece una meta alcanzable por lo menos en el corto plazo. Y no lo es porque se carezca de una noción de lo que se perseguiría con ello. Es imposible de lograr por nuestra inveterada inclinación a ponerle trabas al cambio y al desarrollo. El desorden y la desorganización prevaleciente en el país son un buen negocio para los grupos de poder, tanto en la política como en las demás esferas de la vida nacional. ¿Por qué cambiar lo que beneficia?

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El camino del futuro (1 de 2)

“La uniformidad es la muerte. La diversidad es la vida», escribió Miguel Bakunin. En efecto, el consenso puede llegar a ser en términos extremos el último e irreversible trecho hacia la tiranía. La unanimidad es una modalidad de la sumisión. Inexplicablemente, esta sociedad, en el ámbito político, anda siempre a la búsqueda de consensos, que en el fondo no son más que arreglos dictados por las conveniencias, cuando el testimonio más firme y apreciado de nuestro muy peculiar experimento democrático ha sido la falta de unanimidad.

La experiencia indica que esos modelos de consenso total no son senderos seguros hacia un propósito colectivo. Lo que deberíamos buscar es una forma de pluralidad que nos aleje de una consigna alrededor de la cual podríamos terminar sepultando la libertad y el derecho a ser individuos con personalidad, gustos y defectos propios. La mejor garantía de preservación de las instituciones democráticas, con todo y lo débiles que ellas han sido, es el desacuerdo. Cuando todos en este país coincidamos, como ya una vez ocurrió en un pasado no lejano, ese día la libertad habrá acabado.

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De las mieles y la ceguera del poder

Nunca faltan quienes medren alrededor del poder y al gozar de sus mieles, suelan achicarse al infame nivel de creer que otros que una vez ocuparon funciones públicas, quedan comprometidos de por vida a aceptar, como un gesto de agradecimiento o lealtad, cuanto haga un gobernante, sin importar las barreras morales que el ejercicio del poder impone a esos iluminados. Se envilecen al grado de perder toda capacidad de asimilar el ejercicio de la crítica y el pensamiento libre de toda atadura partidista, como una obligación profesional.

Condenados a sí mismo a encorvarse, ven en el ejercicio responsable del periodismo un acto de conspiración, temerosos de que el mundo de complicidad en que se desenvuelven se les caiga.

Muchas veces un simple comentario por la radio o la televisión, un artículo o un libro crítico de una gestión gubernativa los levanta de los ataúdes morales donde practican a diario el manual de adulación que pusieron en sus manos, sin objeción alguna. Se trate de una causante de mal uso presupuestario o del descalabro de los servicios públicos de salud, del desastroso estado de la educación o del auge del narcotráfico y la inseguridad ciudadana, para citar sólo algunos frutos de un ejercicio gris del poder político.

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El lado desconocido de Caracoles (2 de 2)

Claudio Camaño Grullón me aseguró que en 1969 fue a verle en Puerto Rico su primo Luis, enviado por Fausto, el padre de Francis, para convencerle de que viajara a Santo Domingo con la idea que luego se trasladara a Cuba para convencer a su hijo que retornara al país y desistiera de su propósito de entregarse a la actividad guerrillera. Fausto, general retirado, le arregló a Claudio una entrevista con el secretario general del PRD, José Francisco Peña Gómez, la cual tuvo lugar en un apartamento de la calle 19 de Marzo con Salomé Ureña, en la zona colonial, lugar donde operaron en 1965 las fuerzas constitucionalistas.

Peña Gómez le pidió que propusiera a Caamaño la candidatura presidencial, porque se sabía ya que Bosch abandonaría el partido. Para esa época se había descartado, según Caamaño Grullón, la fórmula Bosch-Caamaño, pactada en una reunión en España.

Caamaño Grullón me dijo que viajó a Cuba con 5,000 pesos y un itinerario que lo llevó a través de diferentes rutas a Moscú y La Habana. En sus reuniones con Francis tampoco logró convencerlo porque entendía que aceptar la candidatura equivaldría a una traición “porque a la postre no podría hacer un gobierno como el país necesitaba”. Poco después, fue Francis quien le convenciera de quedarse en Cuba para unirse al movimiento, apelando a sus fuertes vínculos y afectos.

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