Escenario ideal para redentores

Juan Bosch solía referirse al “atraso político” del pueblo y en gran medida su afirmación posee vigencia todavía, a pesar del tiempo transcurrido y el de su muerte. Pero parte de la responsabilidad por ese atraso corresponde a los partidos políticos y a sus dirigentes, porque una de sus misiones ha debido ser siempre la de educar a la gente en materia cívica y política. Esa es una faceta relevante de sus responsabilidades como líderes que la mayoría de los políticos, en el Gobierno como en la oposición, ha desestimado siempre. La labor educativa dentro del ejercicio de la actividad política nacional ha sido deprimente; virtualmente nula.

Si la mayoría de la población carece de un conocimiento sólido de sus deberes y responsabilidades se debe en parte a que sus dirigentes no le han conferido valor a ese elemento vital de la formación democrática del pueblo. Probablemente también, porque muchos de ellos mismos desconocen los límites individuales de esos deberes y derechos, razón que explica la facilidad e impunidad con que aquí se violan, se pisotean o se pasan por alto en situaciones decisivas para la nación, esos atributos del sistema.
Casi todo el esfuerzo de instrucción de las militancias ha sido dirigido a enseñarles su “obligación” de acudir periódicamente a mítines y desfiles y a palmotear consignas carentes de sentido.

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Cuando el agua desborda el vaso

Los altos niveles de aprobación que supuestas encuestas aún registran sobre el presidente Luis Abinader tal vez oculten a muchos en su entorno la realidad social y económica del país. Las muestras entusiastas que el mandatario encuentra en sus contactos con la gente pudieran también contribuir a tapar con un manto de esperanza la situación de estrechez en que la mayoría vive, y el empobrecimiento acelerado de la clase media profesional. Por esa y otras razones, probablemente no se tenga una idea cabal del efecto que el aumento de los precios de la canasta familiar tiene sobre una sociedad excesivamente cargada de impuestos y escasa de servicios públicos eficientes.

Las expresiones de descontento en muchos países, con mejores condiciones sociales y económicas que el nuestro, partieron de hechos de apariencia insignificante, como la modificación de una plaza en Estambul, el aumento de centavos al transporte público en Sao Paulo, el desempleo en Madrid y la reducción de las pensiones en Atenas. Es decir, una gota desbordada de un recipiente lleno de desigualdades e inequidades resultante de años de corrupción e impunidad. “Estamos hartos”, dicen las pancartas de turcos, griegos, brasileños y españoles.

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¡Muera la minería!

En una entrevista radial un profesor universitario casi gritó: ¡Muera la minería! La expresión me golpeó con la fuerza de un huracán y me pregunté qué pasaría si el creciente fundamentalismo ambiental se impusiera en todo el mundo y los gobiernos decidieran acabar con la explotación de los recursos naturales para enfrentar los efectos del deterioro del medio ambiente y el calentamiento global del planeta.

No es difícil imaginarlo. Sin petróleo, gas natural, zinc, oro, plata, aluminio, cobre, ferroníquel, mercurio y los demás minerales, al cabo de muy poco tiempo, tendríamos que cerrar los puertos y aeropuertos, porque no habría barcos ni aviones; las industrias, los hospitales, los restaurantes y la construcción de edificios, escuelas y carreteras, ya no serían posibles.

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Los deberes de la prensa frente al Gobierno

La ausencia de un periodismo crítico despoja a los gobiernos de la capacidad para medir sus propias limitaciones. Con insólita frecuencia se cede aquí a los impulsos del entusiasmo al enjuiciar una gestión administrativa. Estos despropósitos de nuestra retórica encuentran inmensos espacios en la prensa. La costumbre de atribuir méritos, por lo general inexistentes, a toda actuación oficial, termina siempre nublando la óptica gubernamental, y reduce así su capacidad para analizar objetivamente el alcance y consecuencias de sus propias acciones.

El deber de la prensa es situarse en un plano intermedio, en el que el juicio y la crítica resistan las tentaciones de la adulación, que tanto se escucha en las mañanas, o de la oposición a ultranza, tan propias de nuestras tardes. El pueblo acude a las elecciones cada cuatro años con la ilusión de elegir a personas capaces y aptas para desempeñar las labores del Gobierno. En consecuencia, es lógico esperar algún tipo de correspondencia, un esfuerzo realmente serio para hacer honor a la responsabilidad colocada sobre los hombros de los elegidos.

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Los pactos de civilidad

En pasadas elecciones los llamados Pactos de Civilidad solían sellar el cierre de las campañas. Era el método de compromiso para evitar toda forma de violencia electoral y garantizar los resultados de las votaciones. Constituían una muestra de la debilidad institucional y la falta de madurez y civismo del liderazgo nacional. También lo era que el respeto a una práctica de esencia secular, como es el juego democrático, solo fuera posible con la garantía de las distintas iglesias, lo cual enseñaba, además, que a despecho de su largo ejercicio, la clase política necesitaba de un lazarillo, dada su incapacidad para andar por su propia cuenta y medios.

La noticia no fue nunca extraña a lo que se entendía una tradición en la política local. Con cada campaña se hacía indispensable garantizar cierto nivel de respeto a las normas al obligar a los líderes a firmar un documento que pocos luego respetaban tornándose en sí mismo irrelevantes. Lo más sorprendente de la experiencia era que se le recordara cada cuatro años al país que los resultados de la decisión libérrima del pueblo ejercida en las urnas tenía que ser respetada en virtud de un compromiso escrito sin mucho valor, tratándose de una obligación fuera de toda duda, sin sujeción a cuestionamiento alguno.

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La penitencia venezolana

El chavismo tiene que ser la penitencia que los venezolanos se han visto obligados a sufrir por algún pecado imperdonable. Soportar a Hugo Chávez tuvo que ser un fastidio, especialmente para aquellos con un concepto definido de la democracia. Pero lo de Nicolás Maduro es inaguantable. De todas maneras, si no fuera por el efecto nocivo de sus actuaciones en la vida institucional de ese hermoso y grande país, el ejercicio presidencial de ambos resultaría de lo más divertido.

Algunos intentan hacer diferencia entre uno y otro. A Maduro se le apareció un pajarito para confiarle un mensaje de Chávez desde el más allá. Pero Chávez fue quien trazó las líneas. Cómo olvidar aquél discurso del comandante al reanudar sus interminables alocuciones semanales en su programa “Aló Presidente”, que tenía suspendido debido al mundial de fútbol y su gira posterior al extranjero. En esa intervención se refirió a la salud de Fidel Castro diciendo que el líder cubano estaba recuperándose de la operación que lo obligó a entregar provisionalmente todos los poderes a su hermano Raúl. La pieza es toda una joya de la literatura política latinoamericana.

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La campaña del tránsito

No hay ni habrá gobiernos enteramente buenos como tampoco totalmente malos. Por tal razón las acciones gubernamentales deberían ser juzgadas por su valor, por lo que representan en sí mismas para el bien común. Es un error desestimar, por ejemplo, políticas educativas o en el ámbito de la salud que tiendan a solucionar problemas ancestrales en ambas áreas sólo porque no me agrada el Gobierno o simplemente porque el éxito de la administración pudiera afectar las posibilidades del partido en que milito. El éxito de una administración sienta las bases del éxito del gobierno que lo reemplace. Aunque hablo de una situación ideal, se supone que esa es precisamente la meta que perseguimos.

Ha llamado la atención en las redes mi endoso reciente a la campaña educativa de la Presidencia y del Ministerio de Obras Públicas para prevenir los accidentes de tránsito y reducir así las muertes por esa causa. En los últimos años, las estadísticas nos indican que las muertes en carreteras y calles de nuestras ciudades por el manejo imprudente superan las generadas por enfermedades cardiovasculares y otras causas.

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La diplomacia y la comunicación oficial

En esencia, los logros de los viajes presidenciales son de carácter diplomático. Su importancia radica curiosamente en esa peculiaridad. Ningún conocedor de la realidad internacional se atrevería a criticar, por ejemplo, la celebración anual de la Cumbre Iberoamericana. Si bien es cierto que muchos de los acuerdos suscritos en esas conferencias no han sido aplicados todavía, la familiaridad que al través de esas citas presidenciales se consigue abre las puertas de muchas oportunidades futuras.

Muchas salidas de los presidentes no han tenido carácter de Estado y, por ende, se han tratado simplemente de viajes privados y políticos. Pero aún bajo esas condiciones, pueden ser provechosos si se realizan dentro de un marco de transparencia total que no tuvieron antes ni tienen todavía.

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