La democracia es un hábito ciudadano

Las democracias no se construyen solamente a base de leyes y constituciones. La democracia impera cuando sus reglas se transforman en hábitos de los ciudadanos. Cuando se hace una costumbre el respeto a las reglas y normas de convivencia y los principios de la Constitución se aceptan como pautas de la vida cotidiana. Funciona a partir del momento en que la población los asume como un estilo de vida.

Vivir en democracia no es tarea que concierna únicamente a los gobiernos. Los ciudadanos juegan un papel preponderante, porque se requiere de su atenta vigilia para hacer posible la dinámica que evite una especie de hibernación, que la condene a un somnoliento letargo. El funcionamiento de una democracia depende, por tanto, de la aceptación por los ciudadanos de los límites del ejercicio de sus derechos, si esto supone la garantía del usufructo de ellos por los demás. No se ejerce por la fuerza ni por la intimidación, por mucho que la sanción sea el freno a las excesos que la devoran. Tampoco es el resultado de acciones y políticas restrictivas, aun cuando muchas veces se hagan necesarias para la preservación del orden y los niveles mínimos de organización que permitan el libre ejercicio de las libertades públicas.

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El Estado benefactor

Al sustituir la iniciativa privada en áreas de su actividad natural, los gobiernos se han revelado incapaces de hacerlo con eficacia, mientras limitan su movilidad para actuar en los campos donde su intervención se hace indispensable. Me refiero a la salud y educación pública, el transporte, el medio ambiente y la infraestructura vial, entre otros.

El Estado benefactor ha contribuido a profundizar las diferencias sociales y ha retrasado todo esfuerzo para hacer más equitativo el acceso a las fuentes nacionales de riqueza. Las cosas marcharían mejor si políticos y burócratas aceptaran las grandes limitaciones del Estado. Estaríamos por lo menos exentos de los frecuentes experimentos estatales que tanto daño han hecho a la economía en los últimos años.

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Muy temprano para pronósticos electorales

Con alguna frecuencia suelen preguntarme, con una mezcla de angustia y curiosidad, qué podría esperarse del proceso electoral, si será violento o si la oposición recuperará el gobierno. Cuando me formulan este tipo de inquietud a tan lejana distancia de ese proceso, suelo recordarles que no soy adivino por lo que no puedo leer el futuro ni anticiparme a los hechos. Y al igual como ocurre en una partida de ajedrez, las posibilidades de los jugadores políticos se analizan a partir de la posición, no en base a especulaciones respecto a lo que hará uno o piensa hacer el otro.

Sobre esa base, aún es prematuro hacer predicciones ya que todo dependerá de cómo operen los procesos de reconciliación en el PRM, y en los dos grandes partidos de oposición, el PLD y la Fuerza del Pueblo. Los disgustos pueden jugar un papel determinante, nos enseña la experiencia. Principalmente cuando quede definido el cuadro electoral, con la elección del candidato de los partidos concursantes. Y sobre todo, el del partido gobernante. Los factores pendientes por definir son fundamentales Sin ellos resulta muy especulativo entrar en el campo de las conjeturas y los pronósticos.

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Un escenario ideal al parecer imposible

En un escenario ideal, con las fuerzas políticas compitiendo en un marco de absoluto respeto a las ideas del contrario, y el gobierno sirviendo de garante imparcial del proceso democrático, podría ser posible un gran concierto de voluntades para ayudar a que la actual administración concluya su mandato en el 2028 en buenos términos con la sociedad. Así, el gobierno que nazca de las próximas elecciones podrá iniciar su gestión sin mayores dificultades, para beneficio de la república.

Confieso que estas aspiraciones sólo caben en la tranquilidad de unas vacaciones, lejos de las estridencias políticas de un país que, como el nuestro, no sale de una. Pero como soñar no cuesta nada, según el viejo refrán dominicano, este gran anhelo nacional podría ser convertido en realidad si el gobierno se lo propone. Para ello se haría necesario echar a un lado las pequeñeces y mezquindades que tanto nos separan aún en los momentos cruciales e incluso cuando todo parece indicar coincidencias de pareceres.

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Mi incansable letanía (3 de 3)

He escrito que en algunos países, los medios de comunicación se han percatado del peligro que representa para la libertad de expresión los excesos en que incurren muchos comunicadores al conducirse obscenamente en la radio y la televisión. España es uno de ellos. Aunque allí las extravagancias radiales y televisivas no alcanzan, justo es reconocerlo, los niveles de irrespeto al público que aquí hemos logrado.

Hace varios años los responsables de los medios españoles acordaron limitar la difusión de mensajes y filmes con altos contenido de obscenidad, violencia, sexo y droga, a horarios fuera del alcance de los niños, ante las quejas crecientes de ciudadanos ofendidos por el daño que esa práctica irresponsable alcanzaba. En muchas partes, la gente renuncia voluntariamente a sus derechos con tal de recuperar la tranquilidad. Si esto sigue como va, pudiera ser que los dominicanos, hastiado un día de tanta obscenidad en los medios electrónicos, se sientan tentados a aceptar como normal la represión interventora del gobierno para reglamentar el material de difusión de la radio y la televisión, lo cual sería fatal e imperdonable.

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Mi amor… Solo quería recordarte que estoy pensando en ti.

Si dejamos a la autoridad o a cualquier fuerza ajena a la prensa, la facultad de fijar sus límites estaríamos condenándola de antemano. La fijación de esos límites corresponde pues a los propios periodistas y comunicadores. Son éstos quienes deben establecer las líneas entre las cuales se debe realizar un ejercicio responsable, útil a la sociedad. Eludir esta responsabilidad pone en peligro el clima mismo en que se desenvuelve la prensa, por cuanto para nadie es un secreto que la intolerancia vocacional de la autoridad pública no precisa de muchas razones para hacerse sentir.

La intolerancia, por lo demás, no es potestativa de los gobiernos, los partidos y sindicatos, o las organizaciones sectarias que se desenvuelven en otras áreas de la actividad humana. Es común también al periodismo. Algunas de las obscenidades que se escuchan o presencian en nuestros medios de comunicación, son muestras inequívocas de ello. La defensa de la libertad de prensa demanda de una vigilia permanente.

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Mi incansable letanía (1 de 3)

Los excesos son malos en cualquier actividad de la vida humana. Pero cuando incurren en ellos personas llamadas supuestamente a ser entes de moderación, creadores de opinión u orientadores como maestros y periodistas, se convierten en pecados capitales. En algunos medios de comunicación electrónicos se han perdido los frenos, con gente que no mide el alcance de sus comentarios ni de las obscenidades que vociferan sin el menor recato y con un desprecio absoluto a las buenas costumbres.

Esta falta de respeto al público, plantea nuevamente el tema de la fijación de los límites de la responsabilidad de la prensa, cuyo debate en mi opinión ha sido irresponsablemente dilatado por los medios. Las palabrotas que se escuchan en programas de radio, e incluso de televisión, y las acusaciones y menciones peyorativas de personalidades del país que sin justificación alguna son citadas con una frecuencia pasmosa, violando su derecho a la privacidad, desbordan todos los límites.

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El arcaico discurso que traba el progreso

A despecho de la caída del Muro de Berlín y los acontecimientos que le siguieron en Europa y el resto del mundo, el léxico de la guerra fría domina todavía el debate en el ámbito latinoamericano. Parecería que lo ocurrido cuando el témpano ideológico que se derritió con la desaparición de la Unión Soviética no ha sido entendido como tampoco las transformaciones capitalistas que han hecho de China la segunda potencia económica..

Los controles constriñen la vida en países como Venezuela y Cuba y el dominio de la economía por sus gobiernos las achican provocando escasez y brutales alzas de precio que hacen la vida insufrible. La experiencia china no les ha servido de nada. Cuando Deng reconoció que una teoría lanzada a mediados del siglo anterior no tenía respuestas a los problemas de la China de finales del siglo XX, el entierro del marxismo permitió a esa nación de cientos de millones de habitantes dar el salto cualitativo que Mao intentó sin éxito en medio de un charco de sangre haciendo más pobre a China. Hay más millonarios hoy en el país asiático que en cualquiera del Primer Mundo, incluyendo tal vez a Estados Unidos.

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