La herencia del trujillismo (3 de 3)

Fueron muchas las causas de la caída de Trujillo: la degeneración del régimen, la degradación moral del tirano y el hastío que el estancamiento social y la férrea represión fomentaron en la sociedad. Sin embargo, se pueden apuntar dos hechos sobresalientes. Primero el intento de asesinato del presidente Betancourt, de Venezuela, en junio de 1960, que provocó el aislamiento total del régimen, y el todavía más grotesco asesinato de las hermanas Mirabal, a finales de noviembre de ese mismo año.

Este último acontecimiento rompió los débiles lazos que todavía unían a Trujillo con importantes sectores de la sociedad dominicana. Naturalmente, estos dos hechos fueron secuela de las expediciones de junio de 1959, que marcaron el principio del fin de la etapa de sombras que oscureció a la nación por más de treinta años.

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La herencia del trujillismo (2 de 3)

Con respecto a los colaboradores de la tiranía trujillista y sus aportes al país, se ha orquestado toda una leyenda intentando justificar la sumisión que siempre existió a su alrededor, en la pretensión de que muchas de sus obras fueron positivas. Hay que reconocer que los propulsores de esa fórmula de evaluación histórica han tenido un éxito relativo. Nada más hay que ver cómo jóvenes que sin la menor idea del terror imperante en esa etapa funesta de la República, se hacen eco de aquellas voces irresponsables que se atreven a señalar que entonces se estaba mejor que ahora. Peregrina afirmación basada en el desorden que ha caracterizado la vida nacional después de su muerte y que es herencia viva de aquel régimen de oprobio.

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La herencia del trujillismo (1 de 3)

La prolongada tiranía de Trujillo, que alguna gente entre nosotros todavía añora, representó un enorme retroceso en todos los aspectos de la vida nacional. El país sufrió con Trujillo un atraso de treinta años, que nos ha costado recuperar. Aún vivimos el nefasto legado de esa larga y oscura sombra de nuestra historia. La triste herencia del trujillismo está todavía patente en casi todos los rasgos del acontecer cotidiano dominicano. El autoritarismo y la intolerancia que caracterizan ciertos comportamientos nacionales, en la política como en la esfera privada, son elementos importantes de ese legado histórico.

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Breve historia de esta columna

Esta columna se ha publicado durante 47 años, con muy escasas y reducidas interrupciones. Nació un día de septiembre de 1978 como una obligación fija después de tres años de haber gozado de un espacio semanal en el suplemento sabatino de El Caribe, sobre temas económicos y en especial sobre la industria azucarera, que entonces era la fuente principal del país como generador de empleo y divisas.

Cuando acepté el nombramiento como director general de CORDE, en noviembre de 1986, a la sazón uno de los cargos más apetecidos de la administración pública, suspendí su publicación de común acuerdo con Germán Ornes, el director del periódico, para no contaminarla de prejuicios políticos y conscientes ambos, de que muy pronto retornaría, como ocurrió dos meses más tarde al renunciar a la posición.

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Nadie tiene la paternidad democrática

Un régimen de libertades civiles plenas no es, ni podrá ser, el legado de un partido y mucho menos el de un líder. La democracia no se pone en vigencia mediante un decreto presidencial o la simple aprobación de una ley por el Congreso. Es el fruto de la experiencia de una nación y el resultado de un proceso en el que intervienen, en distintas épocas, diferentes hombres, mujeres, partidos y grupos sociales. Cada uno de ellos juega de acuerdo a su capacidad y condicionado por las circunstancias políticas, económicas y sociales del momento.

Con demasiada frecuencia los partidos que ejercen el poder se atribuyen la paternidad de la democracia en que vivimos. Además de constituir una sobrestimación de su rol en el proceso político nacional de las últimas seis décadas, la pretensión denota una perspectiva estrecha de las causas que han impulsado los acontecimientos dominicanos. Baso la afirmación en el hecho, por todos conocidos, de que la modestia no ha sido nunca virtud de muchos de los que han tomado parte en dichos sucesos o dirigidos los partidos que han ejercido el poder.

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No hay mal ni cambio que “joda” al país

Con delirante frecuencia, contra la administración anterior que concluyó en agosto del 2020, solía escucharse en los medios y en las redes, que el país estaba jodido. Dentro del marco de nuestras grandes dificultades, esa sensación de frustración se hizo viral, y a punto estuvo de arrastrarnos a un estadio de pesadumbre. Su efecto político logró un cambio de gobierno, pero como sostenía entonces y sostengo todavía, el país no estaba jodido ni se joderá, aún si las grandes expectativas creadas no se cumplieran y la situación llegara a deteriorarse, como parece.

Lo que sí podría paralizarnos sería nuestra dificultad para ponernos de acuerdo y trabajar por un propósito común, más allá de nuestras diferencias. Los problemas reales de una nación, escribí entonces, surgen cuando ese sentimiento de pesimismo y desconfianza en sus fuerzas y potencialidades se apodera de grandes núcleos de la población y nos hace creer que estamos sin posibilidad alguna. Como sucede en la economía y en casi todas las facetas de la vida, la pérdida de confianza paraliza primero y destruye después a los estados.

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Cuando la edad te lo permite

Sólo porque les aventajo en edad, algunos periodistas me han pedido que les aconseje. Les he dicho que a pesar de los cambios que han transformado la práctica del periodismo en los últimos años, algunos valores fundamentales que han hecho de este oficio una labor trascendental, han sobrevivido al paso inexorable del tiempo y las innovaciones tecnológicas.

Uno de ellos, tal vez el más importante, es el de informar con estricta sujeción a los hechos. Con frecuencia los reporteros se ven impactados por la magnitud de los acontecimientos sobre los que informan. El deseo de dar rápidamente la información al público, la ansiedad que esa prisa trae consigo, resulta en una noticia errada o imprecisa.

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Cuando tocamos fondo

“Tocando fondo”, es el título de un libro mío que abarca un período breve pero muy intenso y reciente de la vida nacional. Muchos de los hechos que ocurrieron en ese interregno fugaz, el 2003, gravitan todavía en la marcha del país y lo seguirán haciendo por años.

Fue un año que acumuló una inmensa carga de sentimientos encontrados. Una extraña e impactante mezcla de esperanzas y frustraciones marcaron la marcha del país y torcieron el rumbo por el cual se encaminaba. El propósito de ese libro no fue hacer juicio de valores sobre los protagonistas de esos hechos. La recreación de sus actuaciones fue más que suficiente para permitir las valoraciones que la nación se hizo ya y habrá de hacerse más adelante de ellos.

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