Indebido trato familiar al liderazgo político

Luis, Danilo, Leonel, Hipólito, Raquel, Carolina, Yayo, Guido, Quique, Milagros, Roberto, Robertico, Jaime, Fello, Fellito, Yenni… y etcétera. La práctica de llamar a las personalidades políticas por sus nombres de pila, y lo que es peor por sus apodos, crea un ambiente de confianza y familiaridad que daña la sana relación que debe existir entre la prensa y los poderes públicos.

Denota, además, irrespeto y pobre nivel de profesionalidad cuando esa modalidad se da en los contactos directos derivados de ruedas de prensa o entrevistas, sean por la radio o la televisión y se escucha preguntar a un presidente a un congresista o al líder de un partido: “¿Tú estás de acuerdo…? y más”.

Tutear crea un acercamiento ficticio que pone al entrevistado en posición de ventaja y expone al periodista en situación embarazosa al ofrecer al primero una vía de escape en el caso de un problema difícil.

Mi experiencia de poco más de seis décadas de ejercicio en medios nacionales y extranjeros, me indica que tratar a distancia a la dirigencia política, cualquiera sea su nivel, muestra de entrada un espacio de separación que evita cualquier intento de suplantar con gestos de afabilidad una encrucijada difícil. Además, el trato de confianza riñe con toda tradición universal de buen periodismo.

En nuestro país, la práctica tiene en muchos casos una ganancia proselitista. La gente vota por los políticos que crean cierto nivel de familiaridad. Y al tutearlos en sus coberturas periodísticas, los medios añaden publicidad a los proyectos de la dirigencia nacional. Abinader, Medina, Fernández, se ve mejor en los titulares y en las reseñas de sus actividades que Luis, Danilo y Leonel.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe)

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